domingo, 4 de diciembre de 2011

Vigésimosegundo Día! (florencia)



Dia 22

Nuestro primer desayuno italiano constó de croissants con nutella cereal y huevo duro. Comimos cuanto que pudimos a pesar de las encabronadas miradas de la señora que administraba el hotelito.

No contentos con nuestro atiborre, robamos algo de comida para llevarle a Laura, que estaba escondida en nuestro cuarto esperando la oportunidad para poder escapar.

Cuando la señora se apendejó logramos salir del hotel sin ser vistos y nos encaminamos hacia el tour de bicicletas, que costaba 8 euros y yo no quería tomar, debido a mi antes mencionada torpeza para con estos aparatos del demonio. Pero la realidad era que si todos decidían hacerlo, no iba a tener más opción que aventarme a la aventura, e intentaron con todo ahínco.

Laura, que para mi fortuna confesó nunca es su vida haber montado bici, preguntó en la rentadora por las rueditas entrenadores las cuales, por supuesto, le negaron con una sonrisa de indulgencia.

Debido a la geografía de Florencia, determinamos que lo más conveniente sería ir al museo donde se encontraba el famoso David, y después tomar las bicis para poder recorrer la ciudad.

Cuando llegamos al museo, los rufianes descubrieron que se podía entrar por la salida, y así evitarse la cola de aproximada hora y media. Lo lograron casi todos, aunque por partes, pero como Laura estaba haciendo la cola y se me hizo una hijueputada dejarla, decidí quedarme con ella.

El resultado, como predije, fue exactamente una hora y media de cola bajo el sol, en la que sudamos hasta lo que no teníamos, mientras esperábamos, platicamos con una pareja de mexicanos que están estudiando periodismo en Inglaterra y que aprovechar las vacaciones para conocer Italia. Después de la espera y de que la mexicana sacara de la cola a un pelaná que se estaba tratando de colar, lo gramos entrar.

La entrada tenía un costo de 11 euros, que se pagan por completo cuando contemplas la gigantesca perfección de la que hizo gala Michelangelo Bonarroti, al esculpir semejante obra de arte.

Laura trató de tomar una foto y un policía amargado casi la saca del museo. Dimos una vuelta y descubrimos que lo único realmente impresionante era el David, aunque tal vez sea justo echarle la culpa a nuestra ignorancia artística, a esta conclusión.

Así que cuando nos cansamos de ver la obra principal, salimos sin rumbo definido a caminar por la Florencia. Nuestros pasos nos llevaron a la piazza dil domo, y después a otra plaza en la que Laura me hizo tomarle como mil fotografías dizque por qué no las sabía tomar. Su culo de ella.

Seguimos paseando por las estrechas y características calles de Florencia hasta que llegamos al “ponte vecchio” desde donde admiramos la vista un rato antes de de regresar al hotel para bañarnos y dormir un rato.

Los demás llegaron contando su mítica aventura en bicicleta, desesperados pro bañarse y salir a echar cagadero. Farah consiguió en quien sabe qué mercado negro, una cerveza que más bien parecía gasolina, para empezar la pre en el cuarto y cuando todos estuvimos listos, salimos (con Laura a escondidas) a juntarnos con las tapatías que habíamos conocido en Praga y que ya habían salido de fiesta un día antes.

Después de dar milcuatrocientasveintitrés vueltas en balde las encontramos y nos guiaron a un antro con música decente, y palomitas gratis. Estuvimos ahí echando cagadero con ellas enfrente del dj, que era un morboloco pelón que trataba de meterles hielos en los escotes a todas las mujeres que tenían la mala fortuna de pasar cerca de él.

Al final decidimos cambiarnos a un antro que estaba por ahí y que supuestamente estaba mejor. Entramos, y algunos se quedaron afuera acabándose sus cervezas. Y después de un rato decidí ir a ver qué pedo con los demás. Juan Pablo se estaba quejando de su caída en la bicicleta, y de que se sentía mal, y me pidió que lo acompañe a comprar algo.

Del antro a la tienda había como 20 metros, y cuando estábamos más o menos al a mitad del camino, Juan Pablo me volteó a ver con cara de angustia y me dijo “macho, creo que me voy a desmayar” mientras se apoyaba en mi hombro. Lo agarré de la cintura, y me di cuenta de que cada vez se iba poniendo más débil, Y yo tenía que aplicar más fuerza para mantenerlo en pie. Llegamos a la tienda y le exigimos al tendero que nos decía en italiano que ya estaba cerrado, que nos venda una coca.

Coca en mano, salimos del establecimiento cerrado y tuve que convencer a Juan Pablo para que se sentara en la escarpa, cuando lo vi a la cara me di cuenta de que era enserio pues tenía los ojos hundidos, y los labios mas pálidos que el culo de un albino. No paso mucho tiempo para que el cabrón empiece a sudar frio y yo a preocuparme, pues si eso no era un bajón de azúcar y la coca no lograba reavivarlo, no sabía que carajos iba a hacer con un pelaná desmayado, solo, a la mitad de Florencia, a las cuatro de la mañana y sin hablar el idioma.

Después de unos minutos, gracias al Barbas, le regresó el color del rostro, aunque él seguía asegurando sentirse de la chingada. Cuando lo vi mejor, le dije que me esperara mientras iba a buscar la llave para poder llevarlo a dormir. A regañadientes, consintió.

Entré al antro para buscar la llave y decirles a los demás que me iba por que Juan Pablo se sentía mal. Góngora encontró el momento perfecto para reconfortar su conciencia, y se fue con nosotros. Jp ya estaba lo suficientemente fuerte como para caminar al hotel, así que nos pusimos en marcha. Cuando llegamos al hotel, le agradecimos a Farah por haber prendido el aire, y caímos muertos.

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