domingo, 24 de junio de 2012

Mochop


Catalino Pech contaba ya con ochentaicuatro navidades, no podrías encontrar ni una sola cana en su cabellera.  Todos los días, sin excepción, se levantaba a las cuatro de la mañana, y manejaba su destartalada bicicleta hasta el ayuntamiento del pueblo. Ahí, junto con sus colegas de trabajo, recorría las calles del pueblo en un flamante camión de basura patrocinado por el nuevo gobierno. Recogía hasta la última bolsa de papitas que se atrevía a cruzarse en su camino, y presumía de dejar siempre los botes de basura donde los había encontrado, y no tirados a la mitad de la calle, aún la tapa.
Pese a su dedicada forma de trabajar, Catalino terminaba sus labores de basurero a eso de las 6:30 de la mañana, pedaleaba a su casa y tomaba un breve desayuno que normalmente constaba de tortillas y huevos; eso sí, en diferentísimas presentaciones. A más tardar a las 7:00 ya se encontraba en el plantel.
El henequén era su verdadero trabajo, Catalino había pasado gran parte de su vida adentrado en los irregulares pasillos de los planteles, sorteando sin pensar, los amenazantes espinos que lo apuntaban desde las hojas. Nunca se había hecho rico, como los patrones, sin embargo, estaba agradecido por lo que esta planta suculenta, noble y persistente, le había proporcionado a lo largo de si vida.
Los jóvenes de hoy huían del campo, buscaban sus sueños en la ciudad, y es cierto, Catalino sabe que ahí está el dinero. Pero para él había cosas mucho más importantes que el dinero. Adoraba el silencio, disfrutaba el olor del rocío por la mañana, y leña quemándose por la tarde, Le gustaba sentir el sol sobre la curtida piel de su rostro. Pero sobretodo, le gustaba vivir en la tranquilidad, “cosa incomprensible para muchos citadinos” decía.
A mí me llamaba compadre. Nunca me gustó la palabra patrón, así que muchos años atrás, cuando me pidió que fuera el padrino de bautizo de su chilpayate, encontré la excusa perfecta para empezar a llamarlo compadre. Él siguió mi ejemplo y muchos años después, le estoy agradecido. Su abuelo, había trabajado con mi abuelo, su padre con mi padre, y él había empezado a trabajar conmigo cuando falleció mi padre, yo era apenas un poco más que un adolecente.
Catalino trabajaba incansable, cortando, apilando y amarrando las hojas de henequén, todos los días de su vida. Los únicos períodos de vacaciones eran obligados por alguna enfermedad. Cosa que él lamentaba, no tanto por lo incómodo que pudiera ser la enfermedad, si no por la falta de trabajo.
Una tarde Catalino se encontraba chapeando, dado que era temporada de sequía y el henequén se encontraba café y triste, no lo cortábamos. Yo buscaba como darle trabajo a Catalino, pues él ganaba al destajo y no me gustaba dejarlo sin dinero. Esa tarde Catalino blandía su coa con la furia de un quinceañero, pues en la noche era la fiesta del pueblo, y por primera vez quería terminar pronto para ir a su casa y arreglarse con tiempo.
Nunca se lo imaginó, era un movimiento repetido infinidad de veces, bajó la mano para arrancar una raíz, y sin previo aviso, lo sintió. No tuvo tiempo de ver qué lo había atacado, pero los dos puntos rojos en su dedo índice izquierdo, eran inconfundibles. No sabía si era psicológico, pero en cuestión de segundos comenzó a sentir el veneno en su dedo, espeso y caliente. No dudó; sabía lo que tenía que hacer. Empuño su afilada coa, asentó su dedo sobre una roca saliente de la albarrada, y sin la menor parsimonia, se lo cercenó.
Desenvolvió su paliacate, y como pudo (usando la mano buena y la boca) improvisó un torniquete lo más apretado posible. Un inagotable manantial de sangre roja y brillante le brotaba del muñoncito, nunca había visto tanta sangre humana en su vida; sin embargo, no se asustó, ni pasó a desmayarse. Metódico y calculador como siempre, montó su bicicleta y se dirigió a donde el doctor del pueblo, un residente de medicina que se declaró imposibilitado ante la falta de herramientas, y lo mandó en la ambulancia de traslado al hospital público de la ciudad. Durante el trayecto, Catalino no pensaba en las dificultades que esto acarrearía, no pensaba en veneno que probablemente tuviera en el cuerpo. Pensaba en la serpiente, esa hija de puta se había salido con la suya. Lo atormentaba a imagen de su dedo cercenado, tirado junto a la albarrada del plantel “chayotitos” sanguinolento y empolvado.
Tres días después, Catalino regresó a su pueblo. Una blanquísima venda le cubría la mano. Vestía los mismos pantalones destintados y deshilachados, la misma guayabera amarillenta manchada con su propia sangre, la misma cachucha que en algún pasado pretendió publicitar alguna marca, hoy sus letras eran ilegibles. El conjunto de su raída indumentaria y su piel morena, destacaban la blancura de la venda. Parecía inmaculada.
Sus amigos y compañeros de trabajo pasaron a su casa a visitarlo. Catalino conto en repetidas ocasiones toda su experiencia, pues nadie estaba enterado de la historia completa, aunque los rumores ya corrían por el pueblo.
Cuando por fin estuvo tranquilo, Catalino salió de su casa, Se sentó en aquel tronco de madera que yacía afuera de su casa, estratégicamente colocado para tomar el fresco, y pensó.
La sensación de haber sido mutilado, de no tener una parte de su cuerpo era sumamente extraña, no dejaba de pensar en su dedo, todas las cosas que habían vivido juntos, las cosas que había hecho con él; empuñar sus herramientas de trabajo, apretar las piernas de su mujer, rascarse el calcañal y  hasta retirarse los mocos de la nariz. Decidió que quería verlo, se le hacía descortés dejarlo ahí tirado, para que se lo coma quien sabe que animal.
Montó su bicicleta y se dirigió al plantel. No tardó mucho en encontrarlo. La sangre café sobre la albarrada blanca delataba su ubicación. Era una masa informe, medio morado y medio verde, hinchado hasta puntos inimaginables. Ya no parecía un dedo, la piel estirada y brillante le daba el aspecto de que estaba a punto de reventar. La uña había quedado minimizada ante su imposibilidad de crecer junto con el resto del dedo.
Catalino no podía creer que ese pedazo de carne, hueso, sangre coagulada y veneno de serpiente había sido parte de su cuerpo. La curiosidad lo embargaba, así que se agachó, tomo una rama que estaba tirada ahí cerca, y sin pensarlo dos veces pinchó su dedo.
Explotó. En seguida sintió que un liquido caliente le pringaba en la cara sintió un sabor amargo y putrefacto en la boca, y un ardor ácido en el ojo derecho. Escupió el líquido, pero el ardor del ojo iba en aumento, era una quemazón persistente, y aun cuando lo lavó con el agua de su botella, no cedió.
Montó de nuevo si bicicleta, y con el ojo derecho cerrado, pedaleó hasta donde estaba el estudiante de medicina, que lavó el ojo sin clemencia, para descubrir que la cornea había sido carcomida por el veneno, inutilizando la retina para siempre. Catalino, por curioso, había quedado ciego de un ojo, ganándose así, el apodo que lo acompaño hasta el día de su muerte: “mochop”
Tomás Ceballos Millet
20/06/2012

lunes, 4 de junio de 2012

Tragedia en bacalar


Después de varias semanas de organización, por fin había llegado el día.
El viaje a bacalar comenzó en el estacionamiento de Liverpool; el camión llegó puntual, y casi toda la gente también, solo tuvimos que esperar por Cuzy, que se lució llegando media hora tarde.
El camión estuvo bastante tranquilo, pues los únicos que estaban tomando eran Bobby y Palomba. Llegamos sin contratiempos al parque de actividades eco turísticas llamado Uchben Kah, En el cual, nos informaron que el desayuno todavía no estaba listo, así que tuvimos que emprender el tour en kayak por la laguna con el estomago vacío. Como organizador, me tocó una pinche canoa para cuatro personas, en la que me embarque con Daniela, Virginie, y Ferdi. La distribución era un pedo y los remos estaban chuecos, por lo que tardamos severos minutos en aprender a maniobrar la endemoniada embarcación. Sin embargo, a pesar de un ligero hundimiento de canoa, causado sin duda por la obesidad de Ferdinando, logramos completar el tour sin contratiempos.
Agotados, subimos a  desayunar a la palapa, y debo de admitir que los huevitos revueltos con cebolla y tomate, y el xixito de frijol nos fue insuficiente a la mayoría, así que nos llenamos lo mejor que pudimos con la sandía cortada en triangulos y la limonada, que era rellenable.
Cuando terminamos de desayunar, nos acomodamos en el camión, y después de pasar lista, nos dirigimos hacia el hotel laguna, para hacer el check in, y descansar un rato. En el camino de regreso, a algún chistoso se le ocurrió abrir la escotilla de arriba del camión para poder fumar, el chofer se encabronó con justa razón, ya que fue soberano desmadre volverla a cerrar.
Cuando llegamos al hotel, la organización de los cuartos fue un real cagadero, pues unos no querían estar con otros, otros querían vista a la laguna, y algunos dudaron hasta de la procedencia de las camas. Afortunadamente, todo se solucionó. Ya instalados en el cuarto, los más valientes se tiraron a nadar en la laguna de los 7 colores, mientras los más huevones se fueron a descansar. A la hora de la comida, juntamos a todo el grupo para ir a comer al cenote azul, el cual, por cierto, nadie peló. Como suele ocurrirme con frecuencia, me harté de todo y decidí regresar caminando al hotel con Mayú y Antó. Aunque tardamos como 45 minutos en llegar al hotel, valió la pena.
Cuando llegó el autobús con el resto del grupo, cada quien hizo lo que le vino en gana, unos empezaron a tomar, otros volvieron a remojarse en la laguna y yo en lo personal. Me eché una siestecita.
Desperté y empezamos a armar el desmadre para la cena, Nos dieron un plato de fajitas con ensalada y arroz, bastante decente. Cuando terminamos de cenar, la gente clamaba por fiesta, así que bajamos el barril de cerveza y unos cuantos pomos con sus respectivos refrescos y hielo. La música supuso un gran problema, pues nunca logramos conectar las bocinas, así que tuvimos que contentarnos con emborracharnos al son de la tranquilidad de la laguna.
Sin música la noche no prosperó, y la gente se fue a dormir. Algunos solos, y los más afortunados, con pareja. Yo platicaba con Daniela en un mirador, hasta que un Palomba semidesnudo asomó por su balcón, y asesinó nuestra plática, no quedó de otra más que ir a dormir.
Cuando llegué a mi cuarto, mis fresquísimos compañeros de habitación, me habían dejado tan solo un pedacito de cama, justo donde se unían los dos colchones, así que literalmente, dormí en la rajada. Sin mencionar que tenía que cuidarme de no rozar a las dos personas que tenía a mis lados, bastante más cerca de lo que me hubiera gustado.
Despertamos aproximadamente a las 8:30 algunos nos bañamos en chinga y descubrimos que había gente esperando desde la 8. El camión llegó a las 9:15 y veinte minutos después casi todo el grupo (Bobby y palomba se habían quedado a emborracharse en el hotel) estaba listo para empezar el tour en bicicletas, por el cual, debo admitir, estaba bastante nervioso debido a mi poquísima habilidad en el manejo de esos aparatos del demonio.
Afortunadamente, las bicicletas estaban ocupadas así que mientras las amables cocineras se encargaban de preparar nuestro desayuno, nos divertimos en una reta de fútbol, en la cual, nuestros adversarios, (Marín, Antó y Mayú) nos vencieron vergonzosamente.
Cuando por fin estuvo listo el desayuno, subimos a la palapa dispuestos a devorar el huevo y el frijolito. No había logrado tragar ni el segundo bocado, cuando a lo lejos escuche unos gritos, no logré entender lo que decían, así que agucé el oído, y escuche la palabra “ayuda”. Aun dubitativo, me levanté de mi asiento, y a pesar de las burlas de mis compañeros, me encaminé hacia donde provenían los gritos, primero caminando, luego corriendo. Llegué a un muelle que sobresalía de las plantas y me dejaba ver por la laguna. Aproximadamente 200 metros a la izquierda, divisé una lancha volteada y a varias personas que pedían ayuda a gritos y con los brazos.
Mientras tanto mis compañeros ya habían entendido que no era una broma y corrieron atrás de mí. Fuimos corriendo, sin zapatos, y nos las ingeniamos para sortear una barricada con alambres de púas, y unos metros después llegamos a un pequeño muelle de piedra. Había aproximadamente 15 metros entre el muelle y la lancha volteada, había algunas personas sobre ella.
Reinaba la confusión, los gritos desesperados de las personas llenaban el ambiente, y escuché que alguien atrás de mí dijera “veo sangre”. Yo sabía que no hay tiburones en la laguna, sin embargo, lo primero que vino a mi mente fue un cocodrilo; así que le advertí a mis compañeros que no se tiraran al agua. Después de varios infructuosos intercambios de gritos, logré entender que no había ningún animal, si no que la lancha se había volteado, y la gente no sabía nadar… Se estaban ahogando.
Nos tiramos al agua 4 o 5 personas, a partir de ese momento, cada quien tiene una historia que contar. Ante mi imposibilidad de contarles todas, les relataré la mía.
Mi prioridad en ese momento era que nadie se ahogara, la primera niña a la que alcancé, tendría aproximadamente 11 años, y estaba bastante tranquila,  así que le dije que se agarrara de mi espalda mientras la llevaba a la lancha volteada, (era una lanchita de aluminio con capacidad como para 5 personas) La subí y nadé a por la siguiente, en mi camino me encontré a un niño de unos dos o tres años al que tomé por las nalguitas sin dificultad y lo impulse hacia la lancha volteada. La niña de 11 años lo tomó en brazos.
Justo en ese momento, alguien me llamó, volteé para encontrarme a Antó, luchando con una señora bastante pasada de peso, entre 35 y cuarenta años de edad, en un clarísimo estado de shock, pues se agitaba como poseída por el demonio de Poseidón. Entre los dos logramos dominarla, pero el francés, que llevaba rato luchando con ella, ya estaba cansado y ella no dejaba de revolverse contra nosotros, metiendo su cabeza al agua, sin dejarse ayudar.
Hay muchas imágenes de ese día que me acompañarán hasta el día de mi muerte, pero sin duda una de ellas, es la cara de la señora, en estado de shock, con los labios azules, y los ojos desorbitados, gritándome “se me acabó el tiempo” a modo de reclamo. Mi reacción fue instantánea, Aún mas endemoniado  que ella, le grité “no se te acabó ni puta madre” y sacando fuerzas de la adrenalina, la tomé del pelo, y de las costuras del short, y con la ayuda de Antó, logramos subir la mitad de su cuerpo, a una canoa que había llegado para ayudar.
La señora, no contenta con el desmadre que había armado, seguía revolviéndose como pez fuera del agua, hasta que logró volcar la canoa. Entre todos enderezamos la canoa, y después de luchar con ella otro rato, logramos mandarla a tierra.
Después hubo un momento de calma, los gritos mermaron, y no se veía en la laguna, a nadie en peligro de ahogarse, pero la historia aun comenzaba…
Me encontré flotando en la laguna junto con Ferdy y Virginie, alguien me dijo que revise debajo de la lancha volteada, lo cual hice, pero el agua estaba demasiado turbia, y no pude ver un carajo.
Con un mal presentimiento, decidí des voltear la lancha, y usando mi experiencia en volcaduras de motos acuáticas, me subí a la lancha volteada, coloque mis pies en un extremo, e inclinándome, sujeté con mis manos el otro extremo, en esa posición, dejé mi cuerpo caer al agua, y la lancha giró conmigo.
No hay palabras, en español, inglés, alemán o ningún oro idioma, para explicar lo que sentí, cuando vi que adentro de la lancha, semi-hundida, estaba el cuerpo de un niño de unos 5 años de edad, totalmente sumergido. Lo más rápido que pude, subí a la lancha, el niño había estado ahí por aproximadamente 10 minutos, yo no quería creerlo, sin embargo, la fría lógica presagiaba lo peor.
No podía darme por vencido, así que lo tomé del tronco y tiré de él. No pude sacarlo, su cabeza había quedado atorada entre el motor y el piso de la lancha, el agua que lo cubría estaba turbia, así que no podía ver su rostro, pero el hecho de que no moviera ni un músculo me ponía aun más nervioso. Sabía que competía contra el tiempo, así que tomé su carita con ambas mano, y tiré con fuerza; temía lastimarlo, sin embargo, una cordada era mejor que no poder respirar. Fue inútil, el niño estaba atascado, yo no sabía qué hacer, el miedo me invadía y mi desesperación iba en aumento a pasos agigantados. Alguna sabia voz me gritó que desatornillara el motor, y localicé dos manijas giratorias, a las cuales di vuelta lo más rápido que pude, en alguna de las vueltas, el niño por fin quedo libre.
Me lo eché a la espalda justo en el momento en el que se acercaba una lancha un poco más grande. Le grité y de un salto me encontré en ella con el niño en un brazo, le dije al lanchero que nos llevara al muelle, y acto seguido hice lo único que se me vino a la mente: acosté al niño sobre uno de los asientos de la lancha; por fin pude ver su cara, parecía estar dormido, tenía los ojos cerrados, y los labios ligeramente azules. Una espesa espuma color moco, le salía por la nariz. Deseando que la vida real fuera como en las películas, limpié la substancia con la mano, tapé su nariz con los dedos, y le día dos inspiraciones boca-boca, seguido de 10 pulsaciones al corazón para tratar de reanimarlo, chequé su pulso en el cuello y en la muñeca, y no encontré ni el más ligero atisbo. Repetí el procedimiento 3 veces con la lancha en movimiento, cuando llegamos al muelle, el guía del parque se bajo a la lancha en la que estábamos y entre los dos, le dimos RCP al niño. No sé cuantas veces repetimos el procedimiento, pero estuvimos con él aproximadamente 10 minutos, hasta que, de la nada, respiró por sí mismo.
Fue un alivio inimaginable, aunque las inspiraciones eran con dificultad, el niño estaba vivo. El color le regresó y poco a poco, empezó a mover los parpados. Loretta me dio su aparato para el asma con la esperanza de que eso lo ayude a respirar mejor, estaba claro que tenía agua en los pulmones, pues se escuchaba cada vez que respiraba, sin embargo estaba vivo, y eso era lo que importaba. Derrepente, y sin previo aviso, alguien gritó “ya salió otro” como pudimos, y a pesar de la resistencia del papá subimos al niño que ya estaba respirando al muelle y en la lancha de motor, seguimos la voz de amador, teniendo cuidado de no lastimar a nadie con la propela. Desde la laguna, amador, levantó al niño, yo lo tomé de las axilas, y lo coloqué en el asiento de la lancha, justo como había hecho con el primero. Cuando le vi la cara noté que tenía los ojos desorbitados, y los labios azules, y la misma mucosidad espumosa que le salía de la nariz, lo limpié con la mano lo mejor que pude y comencé a darle RCP . Pero había algo diferente al primer niño, el aire no pasaba igual ni en la misma cantidad. Además, cuando aplicaba las pulsaciones al corazón, los restos de comida le salían por la boca, El sabor del vomito con churritos,  me había provocado tanto, que estuve a punto de vomitar, sin embargo, en ese momento no podía darle mucha importancia, a mi asco, así que seguí con la RCP lo mejor que pude. Cuando llegamos al muelle, el guía del parque me ayudó a darle RCP al niño, como lo había hecho con el anterior. No tenía pulso, y no mostraba ningún signo de recuperación. Calculo que estuve con él aproximadamente 6 minutos antes de que el grito de “ya salió otra” me sacudiera. El niño no había respirado, sin embargo se lo di a alguien en el muelle y fui en la lancha a buscar al otro niño.
Loretta me entregó desde el agua a una niña… la tomé de las axilas, y repetí el procedimiento una vez más. Cuando metí mi dedo para abrirle la boca, no pude dejar de notar que su lengua estaba contraída en una posición extraña. Era evidente que se había tomado un yogurt de fresa poco antes del accidente, pues el sabor era inconfundible, estuve a punto de vomitar de nuevo, pero cuando llegué al muelle el guía me relevó de nuevo, yo daba las pulsaciones y el la respiración de boca a boca, mientras tanto un señor con uniforme de de Pemex, le daba al niño un torpe RCP sin ninguna compasión, aplastándole el estomago con fuerza excesiva, traté de corregirlo mientras seguía con las pulsaciones a la niña, y Daniela me seguía diciendo que me concentre en lo que hacía. Poco después, Lukas relevó al guía del parque, y entre los dos seguimos dándole RCP, El padre de la niña se me acercó y me preguntó si la niña estaba respirando. No supe que contestar,  su injustificado optimismo me partió el corazón.
Después de aproximadamente 15 minutos con la niña y un par de lagrimas derramadas, amador tomó mi lugar, y yo salí de la escena, un tanto abatido, pues ninguno de los dos niños había reaccionado. Llevamos en una camilla a la señora que había entrado en shock y que ya estaba mucho más tranquila, aunque seguía balbuceando incoherencias, seguramente el cansancio la había agotado.
El paramédico declaró al niño como fallecido, por lo cual sacaron el cuerpo de donde estaba el alboroto, lo asentaron junto a la ambulancia, cubierto de chalecos. La imagen era un tanto irrespetuosa, por lo que mayu pidió que consiguieran una sábana, no paso mucho tiempo hasta que consiguieron una sabana para cubrir completamente el cuerpo del niño.
No pasaron ni 5 minutos, hasta que llego un señor seco, aparentemente sin saber muy bien lo que estaba pasando, con expresión aturdida se acercó a la manta, la levantó y quedó claro que el cuerpo que encontró, era el de su hijo.
Mayú me apretó el brazo y eso me hizo reaccionar y darme cuenta de que ya no teníamos nada que hacer ahí, nuestro papel había terminado. Solo seríamos intrusos en medio del dolor de una familia. Empezamos a juntar a nuestro grupo para tomar el autobús.
En el camión, rumbo a las ruinas, reinaba el silencio, todos estaban sumidos en sus pensamientos, debatiéndose con los incontables “hubieras” y tratando de asimilar todo lo que nos había tocado vivir. Desenredando las casualidad que pasaron para que nos encontráramos en el momento correcto a en el lugar indicado. Nada me gustaría más que poder decir que hubo saldo blanco. Pero la realidad es que dos niños murieron ese día. Y no me atrevería a deshonrarlos con esa mentira.
Sin embargo, aunque resulte difícil, hay que mirar las cosas del lado positivo, no quiero ni imaginarme lo que hubiera pasado, si las casualidades se hubieran desarrollado diferente.

Tomás Ceballos Millet
4/06/12

domingo, 22 de abril de 2012

Vigesimoséptimo día !!

Día 27

Comimos como Farahs en engorda, pilares de platos decoraban nuestra mesa al más puro estilo de “Dragon ball”. Comimos, repetimos, y hasta al postre le metimos. Nuestros estómagos clamaban misericordia, pero nosotros se las negamos.

Comimos tanto que les tuve que pedir a mis compañeros media hora de tolerancia, pues el vomito por sobredosis de comida madrileña, amenazaba con asomar a cada segundo. Esa media hora fue bastante bien aprovechada, pues el pobre baño del restaurante recibió las descargas de cuatro mexicanos furiosos.

Con una mano en el vientre, y otra en la espalda baja, como embarazadas sietemesinas, salimos del restaurante dando tumbos. Los pobres españoles nos tiraron unas miradas de odio, que nos perforaron las hasta que salimos del establecimiento. No los culpo, fue el peor negocio de sus vidas.

Caminando a paso de tortuga, logramos subirnos a horcajadas al metro que nos llevaría al aeropuerto, nuestro avión a Mexico df salía a las 12 de la noche, y estábamos separados en dos grupos, teníamos los estómagos llenos, las carteras vacías y un cansancio acumulado de un viaje interminable. Así que saboreamos acampar en el aeropuerto de Madrid.

El miedo de perder el vuelo que nos regresaría a nuestra patria hizo que nuestros compañeros apretaran el paso, y por fin lograron arrancar a la “Diva Aguila” de los escaparates, pues la banda magnética de su tarjeta estaba más gastada que las suelas de nuestros zapatos. No teníamos idea de los que nos esperaba.

Farah nos acompaño hasta donde el sistema de seguridad del aeropuerto lo permitió y con un “nos vemos en 6 meses, brother” se despidió de cada uno de nosotros y se encamino a su propio cuchitril en la Famosísima “villa viciosa”; pero esa es otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión.

Documentamos nuestras maletas, y comiendo mierda, nos informaron que nuestro vuelo estaba retrasado y saldría a las tres de la mañana. Con resignación nos metimos al baño, y ya siendo expertos en la materia, nos dimos un baño express con jabón liquido y agua de lavabo. Además, presumiendo nuestras recientes compras, quedamos avituallados como todos unos campeones para el regreso a casa. Pero todavía faltaba mucho que recorrer.

La suerte me sonrió cuando en una máquina expendedora de paletas heladas, me encontré que algún dueño despistado había dejado olvidada su adquisición: una Magnum Gold, la paleta más cara del menú. Poco me importó que estuviera más derretida que la puta madre, y que unas horas antes hubiera estado a punto de vomitar mi intestino grueso por exceso de comida. Devoré la cubierta de chocolate dorado, y sorbí el caldo de vainilla como si fuera el último manjar europeo que probaría en mi vida.

En cuestión de segundos, armamos nuestro campamento en las incomodísimas bancas del aeropuerto de Madrid y sus alrededores. Pero nosotros ya habíamos encontrado la manera de convertir la banca mas incomoda, en un reconfortante lecho de placer; unas barras divisorias, nos hacían lo que el viento a Juárez. Johan comió mierda cuando manchó su camisa recién estrenada de bruce lee, y los demás echábamos la weba.

Sin avisar, me invadió un mal presentimiento y me levanté a mirar las pantallas que dictaban nuestro horario de abordaje. La televisión seguía diciendo que nuestro vuelo estaba retrasado y salía a las tres de la mañana, sin embargo, yo vi un numerito sospechoso y tintineante, que me malviajó en extremo.

Me acerque a los rufianes, y les hice la propuesta de ir a esperar en la sala de espera de nuestra puerta de embarque, pues algo me decía que el avión iba a salir antes de las tres de la mañana, pero ellos, cómodos y adormilados, se burlaron de mis presentimientos. Como era de esperarse, recogí mi macuto, y los mandé directito a la chingada.

Siempre me ha gustado la soledad, y el camino desde nuestro improvisado campamento, hasta nuestra puerta de embarque, que disfruté bastante, me tomo aproximadamente 32 minutos y varias canciones reproducidas en mi ipod, pues tuve que caminar un chingo, para luego esperar un shuttle, entablar conversación con algunos viajeros perdidos, subir quien sabe cuántos pisos, bajar otros tantos pues me había pasado de lanza, preguntarle a algunos trabajadores y finalmente, localizar la letra del abecedario que correspondía a mi pase de abordar.

Cuando llegué a nuestra puerta de embarque, divisé las infalibles características de un vuelo nocturno retrasado: Viejos adormilados, jóvenes desparramados por el piso, Matrimonios peleando, y un ambiente de impaciencia que casi se podía palpar. Sonreí y me senté a una destartalada mesa de algún restaurante olvidado que se bamboleaba de izquierda a derecha como si tuviera vida propia.

Desenfundé mi fiel libretita naranja, sobre la cual están escritas estas líneas, y me puse, sin más, a redactar las últimas peripecias que habíamos vivido en roma, y el ritmo del viaje no me había permitido documentar. Mientras tanto, una hermosa joven solitaria, me miraba con curiosidad, y yo como de costumbre, fui incapaz de acercarme a hablar con ella.

Aproximadamente 40 minutos después, pasaron los rufianes en la lejanía, y me relajé, pues tenía miedo de que no llegaran a tomar el avión. Sin embargo, me la estaba pasando bien escribiendo, y como ellos no me vieron, los dejé pasar.

De repente y sin previo aviso, la gente se empezó a levantar, y los pelanás de iberia empezaron a llamar a la gente para el abordaje, todavía no eran las tres de la mañana, creo que ni siquiera las 2 30. Busque a mis compañeros de viaje con la mirada. Y al no encontrarlos, me dejé engullir por el puente retráctil que desemboca en la portezuela del avión. Mi asiento, ¿Por qué no? Era el ultimísimo de la fila, pegado al baño. Así que mi ansiedad fue inútil mientras los pasajeros ocupaban sus asientos. Jamás vi a ninguno de mis compañeros entrar por la puerta. Claro que los aviones tienes tres divisiones, y el hecho de que no los hubiera visto en mi división no significaba que hubieran perdido el vuelo… sin embargo, algo no me olía bien.

Nos sirvieron la cena/desayuno y cuando terminé de engullir el postre, decidí que era el momento de la verdad, y fui a investigar si había sido el único rufián que había abordado el aeroplano.

No hubo tanto suspenso, pues en la segunda división, sin esperar tanto me encontré a mis compañeros, unos cenando, y otros durmiendo. Sin embargo, la frase que profirió Mike me desconcertó:
--¡Maje! No mames, ¡pensamos que te habías quedado!—y después dijo --¿Dónde está Johan?

¿Johan?—Contesté – Cabrón, lo deje con ustedes hace como 4 horas.

Al escucharme, Mike se puso serio, y contestó –Se quedó cagando—

Cuando vieron mi cara de desconcierto, me explicaron que se había metido a al baño a liberar a Willie justo cuando llamaron por la bocina a los pasajeros de nuestro vuelo… y no lo habían vuelto a ver.

Sin creerles una palabra, me encaminé a buscarlo por todo el avión, como no lo encontré, le comenté el problema a una azafata que me dejó entrar a la parte de primera clase a revisar si no lo habían puesto ahí por alguna equivocación. Johan no estaba por ningún lado. Se había quedado cagando.

lunes, 16 de abril de 2012

Vigesimosexto Día!



Dia 26

Se acabo lo que se vendía. En lo personal siempre me entra la nostalgia cuando sé que un viaje está a punto de acabar, pero en este caso no se trataba de un viaje o unas vacaciones, sino de una vida corta la cual no terminaría hasta que perdiera las memorias de mi pasado.

Habíamos llegado al final de un mes de imágenes, historias, cuentos y lugares nuevos, ahora nuestros próximos días serían camino recorrido en el viejo continente. Nuestro vuelo de Roma-Madrid salía aproximadamente a las 8pm y decidimos hacer el check out del hostal en la mañana para vagar por Roma con todo y las mochilas durante el día. Desayunamos como viejos lobos de mar en el Mc Donald’s de la estación central de trenes, dos hamburguesitas con queso y un cono, el que se quería dar el lujo y rebajar un poco más su presupuesto a un día del shopping de Madrid se daba el suculento placer de comprar unas papas a la francesa porque obviamente el refresco venía incluido en nuestro menú (vaso comunitario y ajeno proveniente de algún romano rellenado por el experto en sinvergüenzas El Gordo Farah, a estas alturas del partido ya éramos hombres mundo así que el asco o expresiones relativas del tipo meridano no existían en nosotros.)

Nos armamos de webitos, amarramos nuestras mochilas, colgamos nuestros vaspaputos, y nos dimos una última colada en los andenes subterráneos que en algún tiempo pasado fueron cuevas de batallas clandestinas de gladiadores sin honor. Como ya habíamos visitado todo lo necesario y ya no queríamos cargar los 15kg de mochila, les propuse hacer lo que más disfrutábamos, mientras llegaba la hora de partir hacia el aeropuerto, un casual junto al Coliseo.

Johan, el gordo y Jp se fueron en búsqueda de un sueño que algún día se hará realidad o quedará en comentarios de peda que solo el protagonista de él entenderá, como este comentario; Góngora creo que le fue a tomar fotos a los castillos, cadenas, bovedillas, armex, colado y cuanta mamada aprecien los profesionales de la construcción del Coliseo, mientras que Tomaje y yo, colgamos hamacas a espaldas del coliseo regalándonos una vista que estoy seguro que nunca tuvieron personajes como Nerón, Marco Antonio, El César, Lavalle o el que sea. Entablamos pláticas similares a las típicas escenas de películas de guerra, cuando los soldados regresan a casa con los pies colgando de los helicópteros, tales como “¿Qué vas a hacer de vuelta en casa? – Probablemente lleve a los niños al parque mientras le hago el amor a mi amada esposa ¿y tú? “mmm no se tal vez regrese a las apuestas y a embriagarme diario en la cantina mientras la camarera me enseña sus senos” la diferencia era que nosotros decíamos: Tigre.- “toncs q maje, el jueves la bienvenida en el Cielo de Chicxulub o que show?. Tommy. - mmm puede ser pero antes tengo que regresar al negocio del reciclaje y despedir a un pelaná, además ahí si pago aunque no tome”, entre otras. Estuvimos tirados como 3 horas echando el coto hasta que se unió Gaudí Góngora a echar la weba mientras veíamos como la Policía local perseguía a los Beduinos ambulantes vendedores de pendejadas por todo el coliseo. Cuando el gordo, el ganzo y el rey David regresaron de su frustrada aventura nos trajeron historias interesantes pero nada que no hubiéramos imaginado.

Al paso de las horas, le dimos una última vuelta al Coliseo con todo y las mochilas encaminándonos a tomar taxi al aeropuerto, donde decidí dejar junto al coliseo mi sábana de Chelem como símbolo que había llegado hasta el destino final del eurotrip sano y salvo, tal y como Neil Amstrong lo hizo en la Luna con la bandera Norteamericana. Además mi instinto de cagadero me decía que la última noche en Madrid no iba a necesitar nada relacionado para la pérdida de tiempo más grande del viajero, dormir.

Llegamos a Madrid, lo que sería nuestro último aterrizaje con el equipo de los rufianes completo, nuestros cuerpos pedían clemencia, estábamos completamente cansados de conocer Europa, pero en nuestras mentes teníamos claro lo que debíamos hacer esa última noche fielmente a nuestro pasado, experiencia y leyes, Ultima noche-Ultimo Cagadero. Dejamos las maletas en un Locker Room junto al aeropuerto, agarrando únicamente carteras y nada más para sobrevivir 24 horas en Madrid. Ya expertos en el negocio y como si fuese Circuito Poniente y Plazas subimos al metro, cambiamos en Nuevos Ministerios y tomamos rumbo a Tirso de Molina donde encontraríamos a las Tapatías para caminar a Plaza del Sol. Una vez en ella, los aventureros Tomaje, el Gordo, Charles y un servidor (los demás rentaron hostal porque realmente estaban fríos en vida, alma y corazón) junto con las rufianas, sin pensarlo comenzamos a enchufar cervezas como si fuese el último día de nuestros mejores días, lo cual digo que si era, zumbamos dos pizonas para meter base y casi casi le decimos a un beduino que se quede junto a nosotros como nevera para vendernos chevas a un euro cada una. La noche corrió y la cerveza también, andábamos por las calles de Madrid cantando, gritando, recordando y orinando (que si se podía por que la chota le vio el niño a charles mientras orinábamos y le dijo eeee tio, ostia, cojones, giripollas y nada más). Más tarde nos encontramos con una amiga de charles que conoció en Sudamérica quien traía mas banda pero a mi juicio parecían todos los integrantes de Mago de Oz. Entramos como a 3 discos ya todos briagos, como de costumbre nunca salíamos de ellas, nos sacaban, la primera fue por comernos todos los cacahuates y consumir poca cerveza (del bar), la segunda era una disco punketa a morir de la cual le dedico a Rich Rodriguez ese momento porque él se hubiese orinado de gusto, también nos cepillaron porque charles metió cerveza de la calle y de la tercera también nos cepillaron supongo que por Farah, pero ya no importó…”La primera por coraje, la segunda por capricho y la tercera por placer”. Decidimos seguir el pedo en la calle muy atm con el resto de mago de oz y los sudamericanos cantando la madre de José o La Escuela de Calor, ya no estaban las rufianas ni el trío de putekes porque se fueron al hostal, la verdadera leyenda empezaba apenas.

Con ganas de sacudir el rifle, fui a una esquina y junto a un arbolito comencé a hacer mis necesidades, pero de repente una negra de 2mts de alto y con apariencia más llamativa que Javier Baduy en Noosfera los sábados, de oficio prestigioso y respetado, me dijo “YO QUIERO ESO”, no mames! me di el susto de mi vida y sin cerrar la llave, enfunde antes rifle ahora pp7 y me fui corriendo con los rufianes a llorarles mi miedo. Ya muriéndonos de hambre y de pedos los magos de oz nos llevaron alrededor de las 7am a un restaurant que supuestamente era el caciques o harbanos madrileño, donde zumbamos a mi gusto las peores tortas de mi vida, unas putas sardinas, vivas de seguro en dos bolillos, palaverga que horror, me quiero mmmorir, charles aseguró que sabían a gloria a diferencia mía. Cuando salimos del restaurant, el sol estaba con todo, así como el gordo y el maje que ya dormían tirados en una banca. Nos paramos, seguimos al mago de oz y nos llevaron al típico depa de “Hey Arnold” nos dieron 3 colchones y las buenas noches.

Nos levantamos en el piso de algún cuchitril en medio de Madrid al medio día y con una sola cosa en mente, acabar el dinero en shopping como viejas locas. El maje, el gordo y yo caminamos hacia La Gran Vía donde recordé que mi cartera la había dejado en el baño del cuchitril, el cual estaba a 15 minutos velocidad del pekas con WD40 en las llantas y sepa dios en qué dirección (cabe recalcar que llegamos pedos la noche o las horas anteriores y no sabía dónde ni cómo era el cuchitril). Recurrí a mi memoria y a mi falta de pena para preguntar y me fui corriendo esperando lo peor, no hacer mi shopping y perderme en Madrid. Afortunadamente los flashazos me ayudaron a recordar el nombre del restaurant de sardinas y la fachada del cuchitril al cual llegue todo asustado, temeroso y perdido, pensando lo peor de mi cartera. No me acordaba de quien era la casa y por el timbre 6 voces diferentes me decían eeeeeeee quien?, quien tio?, ostia tio, cojones, quien anda? era un depa comunitario y toque todos los timbres de lo perdido que estaba jaja pero a falta de nombres aplique la clásica “Soy Gerardo Trejo y vine a ver a Iker”, me dejaron pasar, pero tampoco recordaba el piso, que horrrror, que peda, pues hasta encontrar alguna pista dije, subí, subí y subí hasta que vi una chancla blanca “havaiana” y la puerta abierta, dije awebo típico de borrachos yucatecos. Entre al basin y ahí estaba mi cartera, Gloria eterna.

Hoy en día, si me dejas en Madrid, te llevo al cuarto de ese cuchitril sin ningún problema, experiencia.

Ya en la gran vía, sex and the city, xoxo gossip girl, Eduardo cullen, Di caprio y hasta luis putón se quedaban cortos a nuestro ritmo de shopping, la tarjeta de débito se embarazo y murió de sobredosis de tanto arrimón y pasón por las tiendas departamentales, y de repente encontramos a charles Góngora en un vestidor de H and M donde nos contó lo siguiente “cuando ustedes se fueron del cuchitril yo me quede durmiendo, pero cuando desperté vi en pelotas al vocalista de mago de oz tragándome todo el bosque de los olivos y su apellido frente a mí diciéndome que si quería algo de comer”.

Después de arduas compras, nos topamos con el resto de los rufianes que igual compraban como en quincena en Altabrisa, echamos el coto un rato y nos separamos de nuevo. Ya en la tarde, alrededor de las 5pm, las sardinas no aguantaron más en el estómago y nos pedían la última comida en el viejo continente, nosotros sabíamos bien lo que el destino le esperaba a ese pobre restaurant que se le ocurrió poner BUFFETE TODO LO QUE PUEDAS COMER POR 10 EUROS. Se acabo lo que se vendía.

Jorge Iván Díaz Ramírez. Eurotrip 2011.