jueves, 20 de octubre de 2011

Decimoquinto Día! (segunda parte)



Armado con mi mochila, mi caja de donas, y mi irreprimible sonrisa, me subí al tren que me llevaría hasta Praga. En el mismo compartimento se sentaron dos neoyorquinos con aspecto de hippies que me contaron que estaban haciendo lo mismo que nosotros. Uno de los gringos estaba idéntico a chumiguay. Dormimos hasta que vinieron a pedirnos nuestros tickets, y luego pasaron dos niños asiáticos a los que chumi empezó a molestar sacándoles la lengua.

Nos bajamos en una estación que parecía abandonada, y que al final descubrimos que no era la correcta, así que volvimos a subir al tren. Los chinitos seguían hablándonos en checo y la única palabra que decían en ingles era “penis”.

Llegamos al a estación de trenes y me despedí de los gringos. Ahí me encontré a Jennifer, otra gringa que habíamos conocido hace dos noches, en el pub crawl de Berlín. Después, comencé la búsqueda de internet, para poder contactar con mis amigos. Irónicamente, el establecimiento que me lo brindó fue nada menos que un McDonald´s.

Desenfundé mi ipod, que por cierto se estaba quedando sin batería, y gracias a un inbox me enteré de que habían rentado un depa, en el cual no había nadie ni mucho menos manera de entrar, y que ellos iban a estar en el pub crawl.

No tenía idea de donde estaban, mucho menos de donde estaban los rufianes, no hablo un carajo de checo, y no contaba con una sola corona (moneda que se usa en republica checa, que para terminarla de cagar, los checos no pueden ser personas normales y usar euros). Así que me senté y empecé a solucionar mis problemas, uno por uno.

Conseguí un cajero para poder sacar unas cuantas coronas que como no tenía idea de cómo estaba el tipo de cambio, y la maquina me daba opción de sacar desde 200 hasta 5000 coronas, saqué solamente 500, que después me vine a enterar que eran como aprox 400 pesos. Luego conseguí unos lockers para poder dejar mi mochilota y ya sin mochila y con algo de dinero, Salí a la calle.

El problema del idioma no era fácil de solucionar, pues no iba a aprender checo en 10 minutos (sinceramente, dudo poder aprenderlo en 10 años) y parecía que nadie en ese país hablaba inglés. Aún así logré explicarle al taxista mi problema y me comentó que lo más probable es que el pub crawl los llevara al centro. Pues ahí había varios Bares. No tenía nada que perder, así que le dije me llevara.

En el centro empecé a caminar por callejones obscuros hasta que encontré una calle en la que había varios establecimientos, entré en el primero, que tenía como logotipo a un espantoso cocodrilo rojo. Pregunté por el pub crawl y la señorita, muy amable, me explicó en un precario inglés que hoy no le tocaba ir a ese establecimiento, pero que probablemente estaban cerca.

Seguí Deambulando por las calles, hasta que encontré otro bar, en el que aun desde afuera, se escuchaba un tremendo cagadero. Emocionado, entré corriendo; ya casi podía ver a los rufianes armando el desmadre, cuando de repente siento un fuerte tirón en la camisa. Era un puto checoslovaco, de 2 metros y medio gordo y pelón, que por su uniforme me figuré que era el guardia de seguridad, después de que le traté de explicar, me mandó al carajo, y lo único que el deficiente mental logró balbucear fue “wait outside” de una manera muy grosera. Le menté la madre en los únicos dos idiomas que pude, pero como no parecía entender, me resigné a esperar afuera, con la esperanza de ver salir a los rufianes en cualquier momento.

Me acordé de que no había comido nada más que mis donas, hacía un chingo de horas, y repentinamente, me comencé a cagar de hambre, para mi fortuna, encontré un establecimiento ahí cerca en el cual compré la lasaña más barata, deliciosa y abundante que he probado, sin contar la de mi madre, claro está. (A pesar de que después fui a Italia)

Terminé de comer, y fui a ver si lograba escudriñar algún rostro conocido. En ese momento, tras una puerta de cristal me reencontré con los 6 rufianes. El reencuentro fue emotivo, al menos para mí, pues ellos estaban todos pedos, e hicieron gala de creatividad, cantándome una cómica canción, que habían compuesto con anterioridad. La verdad es que no recuerdo la tonada, ni la letra, así que si alguno de los rufianes se acuerda, puede comentar en el recuadro que aparece abajo. Para ilustración de los lectores.

Los seguí hasta el siguiente bar, en el cual me mostraron a una alemana que bailaba de una manera muy particular, pues iba “rebotando” al ritmo de la canción. Por cierto un mexicanito que media menos de 1.50, se la conectó.

Después llegamos a la supuesta discoteca más grande de Praga, que tiene 4 o 5 pisos, y cada uno con un diferente tipo de música para bailar. Como yo no había pagado por el pub crawl, Traté de colarme con la pulsera del pub crawl de Berlín, pero como no era del mismo color, me descubrieron en pleno acto delictivo. Tuve que aplicar la vieja técnica de “no tomo” y me dejaron la entrada al antro a la mitad de precio.

Pasamos como tres horas en ese antro, bailando con algunas niñas y siendo cepillados por otras.

Acordé con Jp, que era al único medianamente sobrio, juntar a los rufianes y vernos afuera del antro a las 3 en punto. Ya que recolecté a los rufianes que me tocaban, tarea nada fácil. Salimos del antro a las 2:55 para esperar a los demás. Dieron las 3 y jp, Mike y Farah, brillaban por su ausencia. 3:05… 3:15…. Nada.

A las 3:20 decidimos que los hijos de la gran puta, nos habían dejado. Así que estábamos a medio Praga, un solo y tres borrachos, y el único sobrio no tenía idea de donde estaba el depa, ya que se había perdido un día anterior…. ¿Por qué no?

Mientras discutíamos nuestra pésima suerte, se nos acercó un mongolazo mexicano presumiendo que se había robado una botella de agua del antro; no había terminado de hablar cuando detrás de él, aparece otro de los múltiples pelones de dos metros, lo empuja y le tira toda el agua encima, empapándolo a él, y de paso a Góngora y a tigre.

De pura cagada, Góngora encontró un papelito que tenia la dirección del depa, así que me acerqué a un taxista y el hijo de puta nos quiso cobrar 500 pesos. Obviamente lo mandamos a la chingada.

Con otro taxista más accesible, (que no hablaba inglés) logre averiguar más o menos como se llegaba al departamento, así que no nos quedó de otra más que caminar. En el camino de regreso al hostal, encontramos un restaurante abierto que vendía “giros” Todavía no sabemos que contenía, pero estaban deliciosos.

Tigre estaba sumamente ofendido porque nos habían dejado en el antro. Y todo el camino estuvo gritando a todo pulmón “nos dejaaaron, los voy a wixar”.

Cuando llegamos al departamento y jp tuvo la fortuna de abrirnos, Tigre, tomando en serio su papel de justiciero se acercó a la cama del gordo Farah, desenfundó el rifle y, sin pensarlo dos veces, lo wixó. Farah tardo aproximadamente medio litro en darse cuenta de lo que estaba pasando. Cuando se levanto enfurecido, empezó a balbucear improperios en húngaro (y eso que no habíamos llegado a Hungría). Se cambio de pantalón. Y se volvió a dormir, cual nené.

Llorando de risa, nos fuimos a dormir con una sonrisa en la cara. (y seguro en nuestras puertas)

sábado, 15 de octubre de 2011

Decimoquinto Día (primera parte)


Día 15

A pesar de que sabíamos que había trenes a las 6:48 y a las 8:48, decidimos darnos el lujo de dormir un poco, y tomar el tren que salía hacia República Checa a las 10:48 am.

Mientras esperábamos que llegue nuestro tren, acordamos aplacar nuestros antojos con un delicioso desayuno de nuestro restaurante favorito (y el único que podíamos pagar) McDonald´s.

Después de ver el menú y decidir cuidadosamente, ordené una malteada de vainilla, y dos veggyburguers, que por cierto, estaban de lujo. Pagué con mi tarjeta de débito, y salí corriendo hacia el andén, pues el tren acababa de llegar, claro que antes, sustraje discretamente unas cuentas nutellas y mermeladas de la barra de desayunos.

Subimos al tren corriendo, al último segundo, como siempre. No llevaba ni 5 minutos de haber partido, cuando sentí que la presión se me bajaba, la sangre se escapaba de mi rostro dejándome pálido. Hijo de las mil putas. Había dejado mi tarjeta en la terminal de McDonald´s.

Respiré profundo y me calmé, y comencé el tardado proceso de tomar una decisión. Solo había dos opciones, esperar a llegar a Praga y cancelar la tarjeta, o bajarme en la próxima parada e ir a recuperarla…

No sabía qué hacer y busqué consejo en mi hermana, le mande un mail desde el único celular que servía, (el de Joho). Y como siempre, ella me contestó con sabias palabras. Y como siempre, Ignoré los múltiples consejos y tomé la decisión. Pregunté cual era la siguiente parada del tren y me dijeron que estaba aproximada mente a dos horas de distancia, y era una ciudad que se llama Dresden. So be it.

Esperé las dos horas, y cuando llegó la parada, me despedí de los rufianes, nervioso, si. Pero aún mas emocionado por la aventura solitaria que me estaba esperando. No tuve que esperar mucho tiempo en Dresden para tomar un tren que me llevara de nuevo hacia Berlín.

Verán, la soledad es algo que nunca me ha asustado, si no todo lo contrario. Y en Alemania, tiene un sabor especial; sobre todo porque tenía el fin de enmendar un error que yo mismo había cometido.

Los siguientes fragmentos son copiados íntegramente de la libreta en la que escribí los lineamientos de esta historia.

“es la 1:11 de la tarde y estoy sentado en el tren de regreso a Berlín. Me separé del grupo con la esperanza de recuperar mi tarjeta, y de paso evitar darle un arma más a Don Tomás Ceballos para que se burle de mi”

“son las 3:12 y no sé si tomé la decisión correcta, si la tarjeta no está, creo que me voy a tener que matar a alguien”

“son las 4:23 y ya tengo mi tarjeta conmigo, afortunadamente, nadie va a tener que morir”

Así es, regresé a Berlín y después de una larga platica con la gerente de McDonald´s, en la que la tuve que convencer por todos los medios de que la tarjeta era mía, me la devolvió.

Me dirigí a Dunkin Donuts, y me compré 6 donas como premio de consolación por haber perdido tantas horas de mi viaje.

Me dirigí al mismo maldito restaurante, y como acto de venganza, reciclé un vaso de quien sabe quién, y lo rellené.

Me senté en el suelo de la estación, con el ipod sonando, coca gratis, donas deliciosas, y lo más importante, mi tarjeta de debito, bien guardada en mi billetera. No les miento, la sensación de bienestar e incertidumbre que sentí en ese momento, convirtió ese día, en el mejor de mi viaje. Pero mi aventura no terminó aquí. Not even close

miércoles, 12 de octubre de 2011

Decimocuarto Día!



Día 14

Dormimos un rato antes de ir a desayunar a subway para recuperar un poco de energía, la que nos haría falta para el free walking tour. Llegamos al punto de encuentro y como para no romper la rutina llegamos tarde, no tuvieron más opción que separarnos en dos grupos, ya que éramos demasiados. Me tocó con Mike y Jp.

Durante el recorrido, visitamos lugares como el impactante “memorial a los judíos caídos en la guerra” que consiste en una construcción de suelo irregular con enormes bloques grises de concreto que se elevan hasta los 4.5 metros de altura, la idea es que al atravesarlo logres sentir un atisbo de la opresión e incertidumbre que vivían los judíos en esa época. En mi humilde opinión, un monumento muy bien logrado.

También pasamos por el bunker donde supuestamente se suicidó el hijo de puta de Hitler, ojala le devolvieran la vida, para que pueda volverse a suicidar. Vimos un pedazo del muro de Berlín y las famosas catedrales gemelas. Cuando llegó la hora de pagar, me armé de valor, y aplique, por primera vez en el viaje, la técnica de poner monedas de 5 pesos como si fueran de dos euros, total, había que hacer bulto.

Terminando el tour, nos cayó la lluvia y aún nadie sabe por qué, Góngora y Jp, desenfundaron unos impermeables transparentes. No les miento lectores, se veían como todos unos “toletes”.

Góngora, aún vestido tan ridículamente (ok, estoy un poco ardido porque yo si me mojé), Logro arrastrarnos una vez más a uno de sus inservibles museos. El famoso museo judío, que resulto ser un una pérdida de tiempo, lo único rescatable, fue una caminata sobre unas mascaras de hierro que producía un sonido que te ponía la carne de gallina, y una representación de la cámara de gas, que a pesar de todo, fue bastante ilustrativa. Desgraciadamente, lo mejor del museo, es que solo nos costó dos euros.

Salimos de ahí hambrientos y decepcionados, así que nos vengamos de Berlín robándonos el metro. En el trayecto, se armó una discusión política, en la que aun no entiendo porque, Johan defendió a la Gober a capa y espada.

Llegamos a la parte bonita del muro de Berlín, un kilómetro y medio grafiteado con críticas sociales y mensajes de unificación, que hoy son una obra de arte sobre la cicatriz de aquel muro divisorio.

Salimos de ahí con la tripa retumbando y corrimos con la esperanza de alcanzar el buffet “yukas” que estaba cerca del hostal. Tigre prometió que si no llegábamos, dejaría que lo levantemos de los huevos sin oponer resistencia.

Para no perder la costumbre, no llegamos. A pesar de que todos estábamos de mal humor por el hambre, cuando tigre cumplió su promesa, nos mejoró el ánimo. Hacerle “poste humano” a un compañero, es el mejor antidepresivo.

Terminamos cenando cada quien por su lado. Yo cené con Mike y Johan y fuimos a comprar dogos con el alemán flacucho que no hablaba una gota de inglés. Aún sin entender un carajo de lo que queríamos decir, se vio buena onda y nos disparó un plato de salchichas alemanas así que los tres quedamos hasta la madre.

Llegamos al hostal con la intención de dormirnos temprano, para estar enteros en Praga, pero en lo que unos se bañaban y otros echaban desmadre, nos dieron más de las dos de la mañana.

Como dato curioso, Berlín es la unica ciudad que conozco que en vez de tratar de callar sus errores, los hace públicos y se disculpa por ellos. Actitudes como esa son las que conllevan grandeza.

domingo, 9 de octubre de 2011

Decimotercer Dia!







Dia 13

Nosacomodamos en el tren y yo me senté solo, con tal de que me tocara ventana. Alos 5 minutos se sentó al lado de mí, un polaco hasta las chanclas de pedo, queestaba saliendo de la White Party y había agarrado el primer tren para regresara su casa. Estuve platicando con él como por media hora. Nunca supe su nombre.Cuando llegamos a su parada, nos despedimos, y yo me dispuse a abandonar Holandaacurrucado en los brazos de Morfeo.

Después delo que me parecieron 30 minutos, aunque en realidad fueron 5 horas, llegamos ala capital de Alemania, descansados y listos para conocerla; en los centros deinformación que se encuentran en todas las estaciones de trenes conseguimos ladirección de nuestro hostal, por cierto, teníamos que llevar la direcciónescrita, ya que nuestras hábiles lenguas, no estaban preparadas para pronunciarsemejantes trabalenguas.

Mientras nosotros comprábamos nuestra comida enMcdonalds, a Farah se le ocurrió que sería un buen momento para ir a comprar sus boletos de tren, pues el hijo deputa había sido tan codo que no había querido pagar el euriel. (Para nuestrafortuna, ya verán por que en unos días)

Como elgordo no daba indicios de regresar Johan “el picaculo” Águila y yo, decidimosadelantarnos a buscar el hostal mientras los demás lo esperaban; nos perdimosun poco, pero al final lo encontramos. Nos dieron un cuarto de 8 personas quecompartimos con una desafortunada brasileña. Que se tuvo que chutar, sin opción,nuestros malos olores.

Por fin nosbañamos, nos cambiamos y salimos a cenar y a hacer tiempo para ir a nuestraprimera experiencia de “pub crawl”. Cenamos unas salchichas alemanas que nos vendióun pelaná no que hablaba nada de inglés, y yo por pedir un combo diferente, Salíperjudicado y pague 3.40 euros por una chingada salchicha. Estaba buena, perono es para tanto.

Como había unpoco de frio y de lluvia, y todavía no era hora para el pub crawl, decidimostomarnos un cafecito caliente al aire libre. Farah, Góngora y Tigre quisierondegustar la famosa cerveza alemana, y yo pedí el mejor café caliente que heprobado en mi vida: “Latte Machiatto Karamel”. Ca-rajo, que bueno estaba.

Estuvimosaproximadamente una hora disfrutando del clima berlinés hasta que fue hora delpub crawl; un tour de 5 bares donde se junta la gente de diferentes hostales aponerse hasta el totopo. El precio oficial era de 12 euros, pero por ser unhombre sobrio, conseguí que me lo dejaran a 6. Nos juntamos todos en un bar enel que había barra libre de cerveza, y todos mis compañeros aprovecharon parasubir, en la mayor cantidad posible, el alcohol que corre por su torrente sanguíneo.Un pelaná mamey le dio a Joho el susto de su vida amenazándolo de broma en elbaño de rammstein.

Nos reímos acarcajadas, cuando un veterano alemán, descaradamente homosexual, y para colmodisfrazado de golfista, trató de llevarse a Farah al baño, con retorcidasintenciones. Lo mejor, es que tenemos la prueba en video (arriba), de queFarah, confesó que por 200 euros… podría ver “que pedo”

Empezamos acaminar de bar en bar y cada vez que los rufianes pedían algún trago, se loscomplementaban con un shot de jagger. En el penúltimo bar, Jp Estuvodiscutiendo para que le rebaje el precio de la bebida, pues ya le daba coderaseguir pagando. Mientras tanto, Góngora se ganaba la enemistad de una gringuitade 19 años de bastante buen ver, cuando, discretamente, le robó su cambio,pensando que era mío, mientras yo platicaba con ella. Cuando notó su molestia,no le quedó de otra más que recurrir al infalible “volantín” por segunda vez enel viaje.

Cuando Juan Pabloestuvo lo suficientemente pedo, corrió a los brazos de un alcohólico inglés quepor azares del destino vivía en Mánchester y era fanático del chicharito, miestimado primo se encontraba en la gloria.

Al fin,junto con la bola de borrachos, nos subimos al tren que nos llevaría al últimodestino, un antro. Como te podrás imaginar, el tren era un cagadero, el Gordo Farahse colgó boca debajo de las agarraderas, mientras la gente hacía cola paratamborilear sobre su panza, como si fuera un intento barato del gran Buda.

Llegamos alMatrix, que era un antro de alemanes, y entramos todos en pandilla. Habíamujeres por todos lados, y de excelente calidad, el problema es que la máschaparra estaba más o menos de mi estatura. Mientras daba mi primer rol entrepilares (gente sumamente alta) me encontré con que un pelón de dos metros empujabaa Farah hacia la salida, traté de dialogar con él, pero el hijo de la gran putano me hizo caso y terminó sacando a fara del antro… cuando el pobre no llevabani 5 minutos adentro. Como acto de solidaridad, Góngora salió con él

Los demásnos quedamos en el antro bailando con las que ya habíamos conocido en el pubcrawl, y cuando teníamos suerte, hasta con las alemanas. Todo iba muy bien,hasta que ocurrió.

En una deesas miradas perdidas que disparas hacia la barra, vi a uno de los rufianes en acción.Despaché sin sutileza a la ingeniera física con la que me encontraba bailando(de la cual no me enorgullezco) y corrí a ver lo que estaba pasando.

Me encontré conuna escena que no tiene precio. Uno de los rufianes, Mike para ser exacto, seencontraba lengüeteándose nada más y nada menos que a la hija de…APU.

Una Hindú,que según los rufianes, no dabas un peso por ella. Cuando vimos ese repugnante paisaje, decidimosque era hora de marcharnos, antes de que las cosas se pusieran peores.

De puracajeta, como de costumbre, conseguimosun taxi para ocho personas y logramos regresar juntos al hostal, por supuesto,no dejamos de cantar la famosísima canción, que se volvería un hitinternacional… “mi boca saaaabe a kebaaap”
En el camino al hostal, tigre llegó a quedar inconsciente,tanto que se durmió en el piso del elevador y levantarlo fue un pedo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Duodécimo Día!


Dia 12
Una vez más, y para no perder la costumbre, la alarma brilló por su ausencia; mientras los demás nos esperaban arriba ya listos para el check out, Góngora, jp y yo seguíamos durmiendo plácidamente hasta que Mike nos vino a joder la vida.
Como siempre, llegamos media hora tarde al check out, temiendo que nos impusieran una multa, pero el chino estaba tan apendejado que ni se inmutó. Después nos dividimos en dos grupos, unos para ir a separar el hostal de Berlín, otros para encontrar algún lugar donde podíamos dejar las maletas durante todo el día, y otra tanda se quedo en el loby del hostal cuidando las maletas.
Gracias a las habilidades cibernéticas del geek, el hostal estuvo reservado en cuestión de minutos. Los encargados de los lockers, no fueron tan veloces. Una vez que los rufianes estuvimos juntos fuimos todos a dejar nuestras mochilotas en los lockers, que estaban justo en la estación de tren (que por cierto aceptaban tarjeta).
Corrimos para ver si llegábamos al free tour y, contrario a nuestra costumbre, lo logramos.  Tomamos, el free tour con aurora, una española open mind, que no dudó en confesar que le encantaba en sexo y la marihuana. Fue ella misma, la que nos dijo que los brownies de la noche anterior era una farsa, pero que había un coffe shop que vendía unos que realmente si te pegaban.
Nos contó un poco de la historia de Ámsterdam, por qué las casas estaban chuecas, un poco de su economía, y de su oscuro pasado cuando se convirtió en ciudad protectora de judíos, y sufrió las consecuencias.
El tour termino a unas cuadras de la casa de Anna Frank, y cuando nos dejamos de mover, nos atacó un frio glacial, se me congelaron las orejas (que como algunos saben, son bastante prominentes) así que tuve que comprar un gorrito de esos que jamás uso, y me costó, 7 malditos euros.
Después de un poco de polémica, decidimos entrar al museo de la casa de Anna Frank, pues a pesar de que costaba 8 euros, era lo más cultural que había en Ámsterdam. Recorrimos la casa y escuchamos atentamente las explicaciones y debo de admitir que la realidad era aún más cabrona de lo que me había imaginado cuando leí el libro.
Por cuestiones de horario, ya no pudimos llegar al tour del sexo (gracias al barbas, pues costaba 10 hijos de puta euros, los cuales yo me resistía a pagar); sin embargo jp el “morbodrogo” no se fue invicto, pues nos arrastró a todos al museo del sexo, que a mi parecer fue una pérdida de tiempo y de dinero (2 euros).
Nuestro tren hacia Berlín salía a las 7 am, así que teníamos que varias horas para matar el tiempo en Ámsterdam; el morbodrogo insistió en que quería probar los efectos del brownie, pues los del día anterior habían sido un embuste, así que lo acompañamos todos a comprar su substancia. Para nuestra fortuna, de regreso nos encontramos a un músico callejero que escuchamos por más de dos horas, mientras veíamos atónitos como se iba haciendo rico. Hijo de puta.
Como nos moríamos de frio, buscamos resguardo en un un baresito que había por ahí, y joho y tigre pidieron una cerveza; cuando la plática de fútbol se agotó, decidimos que ya era hora de ir a cenar, así que fuimos a McDonald´s y a las famosísimas papas en cono, que por cierto, simulaban a los pescados de Jesucristo, pues por más que comíamos, no se acababan.
Cansados, nos dirigimos a la estación de trenes a ver si lográbamos urdir algún truco para poder quedarnos a dormir ahí mientras esperábamos nuestro tren (el frio estaba encabronado). Gracias los tickets de los lockers, logramos entrar al calorcito de la estación, y subir a la plataforma 8 a dormir. Yo me acomode plácidamente dentro de mi sleeping bag, el que, a estas alturas, ya era lo mismo que una cama con colchon spring air. Los demás se acurrucaron en las bancas y todo el mundo parecía perfecto, hasta que un policía holandés con un nivel de educación aún más bajo que la temperatura de afuera, me arrancó despiadadamente de los brazos de Morfeo propinándome una nada sutil patadita en la suela de mi zapato. Acto seguido, me nos invitó a todos a retirarnos de la estación. ¡La concha de su madre!
Bajamos a buscar las mochilas y descubrimos que Farah, siempre Farah, (a pesar de que siempre presumía que él no perdía nada) había perdido su ticket, y en ese locker estaban las mochilas de Johan y de Mike. Mientras nos carcajeábamos de la situación, Mike, Johan y fara, se fueron a rolar por la estación para ver si lograban encontrar el ticket. Los demás nos acostamos por segunda vez en el cuarto de los lockers, rehusándonos a salir a frio ártico que azotaba afuera de las puertas de vidrio. El placer no duró mucho, pues llego el pinche gordo pelón (otro policía malhumorado) con un particular silbato, y sin misericordia, nos mando al carajo.
Escudándonos con el pretexto de que nuestros amigos estaban en camino y echando un choro inservible, pues creo que el pinche pelón ni hablaba inglés, logramos  mantenernos en la estación durante otros veinte minutos, hasta que regreso el hijo de la chingada, y nos sacó a todos definitivamente de la estación.
Ya afuera de la estación, nos encontramos a otras 40 personas en nuestra misma situación, así que optamos por el calor humano, y terminamos pernoctando en unas escaleras al aire libre. El frio, era implacable, pero gracias a mi sleeping bag, yo dormí como campeón, empiernado con mi mochila, no vaya a ser que se la chinguen.
A la hora indicada, subimos a activar el euriel, y tomar el tren que nos llevaría a Berlín.