jueves, 29 de septiembre de 2011

Undécimo Día! (primera parte)

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Día 11
La alarma sonó a las 8:15 am, como era de esperarse, la mandamos directito a la chingada. Pero recapacitando, mi avaricia venció a mi desvelo, y decidí que no estaba dispuesto a pagar por el desayuno; así que tenía que atiborrarme del desayuno gratis que proveía el hostal.
Me senté solito, y a falta de mesas, una portuguesa de bastante buen ver se sentó conmigo, la charla fue bastante aburrida, y cuando terminé de desayunar, me despedí de ella con un peliculesco “have a nice life”. ¿Qué les puedo decir? Siempre lo había querido decir.
Subí a bañarme, y me di cuenta de que algunos de los rufianes ya estaban despertando. Como fui el primero en bañarme, me medio vestí y me puse a escribir un rato en esta libreta mientras  esperaba que las princesas se terminaran de maquillar. Estábamos apurados pues teníamos la intención de asistir, aunque sea, al cambio de guardia del palacio.
Como de costumbre llegamos tarde, pero esta vez fue por culpa de la mongola de kim, que, aún nadie sabe porque, terminó comprando tres tickets, para el underground. Luego corrimos (literal) desde la casa de Wellington, hasta el palacio de Buckingham y no nos sorprendimos cuando vimos que la gente ya estaba amontonada junto a las rejas, pero aún así logramos ver una parte del desfile.
Nos despedimos de nuestra roomie canadiense, y nos dirigimos en metro al hostal para agarrar nuestras cosas y largarnos al aeropuerto. Ya era un poco tarde, pero decidimos que teníamos tiempo para comer algo antes de marcharnos.
Comí con Góngora en el restaurante de un turco que nos vendió a buen precio unos nada suculentos, pero abundantes platillos. (Hasta hoy tengo la sospecha que la carne que se zampó Góngora sin reparos, procedía de algún tipo de roedor, probablemente una rata).
Después nos regresamos al hostal, con sumo cuidado de no ser atropellados, pues les recuerdo que los coches en ese país, te pueden embestir desde el lado opuesto al que estás acostumbrado.
Corriendo con las mochilas nos dirigimos a la estación de King Cross y esperamos el tren que salía directo hasta el chadwick airport. Teníamos el tiempo sumamente medido. Cuando llegamos al aeropuerto, salimos disparados, con la esperanza de no perder nuestro vuelo hasta que por fin encontramos una caseta de Easy Jet en la que hicimos la cola para documentar nuestras maletas. Ahí descubrí que había perdido mi gorra en el tren. Comí mierda.
Johan se trató de colar a la fila pero un guardia británico lo cachó con las manos en la masa y lo obligó a hacer toda la cola. Cuando por fin pensamos que lo habíamos logrado, el dependiente nos dijo que estábamos en la estación incorrecta y que teníamos que ir a la estación “norte” tomando un shuttle. Sudamos frio, pero no nos dejamos amedrentar, e hicimos muestra de nuestra gran condición física emprendiendo una carrera a muerte por todo el aeropuerto londinense. Como éramos los últimos en la fila y nuestro avión prácticamente tenía un ala en el aire; algún buen samaritano se apiadó de nosotros y nos dejaron pasar a documentar nuestras maletas.
Emprendimos una última carrera, ahora sin mochilas, hacia nuestra puerta de abordaje. Y solo gracias a la más refinada chiripa, logramos tomar el avión que nos llevaría hasta Ámsterdam.
Ahora mismo, ya más relajado, escribo desde el cielo inglés, despidiéndome de este hermoso país,  con la promesa de regresar algún día.

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