viernes, 30 de septiembre de 2011

Undécimo Día! (segunda parte)

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Llegamos al aeropuerto de Ámsterdam, mochila al hombro, sin hablar un carajo del idioma, ni tener donde dormir; sintiéndonos unos chingones agarramos un tren que según nosotros nos llevaría a la ciudad, pero aproximadamente a los 15 minutos de estar avanzando, se subió un inspector que hablaba un poco de inglés y nos desbarató las ilusiones diciéndonos que estábamos yendo en la dirección opuesta, y que nos estábamos alejando de Ámsterdam.
Nos bajamos en la siguiente estación, y con cara de pendejos, tomamos el tren correcto. Unas estaciones después, estaríamos llegando a Ámsterdam, tierra de hedonismo y libertinaje
Ya en el centro, nos enfocamos a buscar, hotel u hostal para poder pasar la noche, después de preguntar en todos los hoteles cercanos, y de que mis compañeros, se cagaran de miedo de un pobre ciclista que nos ofreció un hostal (los maricas ya estaban pensando que les iban a chingar un riñón para venderlo en el mercado negro de Cuba) Farah, consiguió que un chino nos deje la noche a tan solo 35 Euros, aún más caro que en Londres. La verdad es que el hotel estaba medio culero, pero era eso o dormir en el piso de un hostal por 15 euros.
Dejamos las maletas, nos pusimos guapos, y ahora sí, salimos a conocer la famosísima vida nocturna de Ámsterdam. Como es bien sabido, la marihuana pululaba por doquier, y había un coffe shop en cada esquina. Cenamos una pizza de 3.5 euros con el italiano mas mamón del viaje, la puta que lo parió, ojalá quiebre su changarro, pues nos saco de su establecimiento por qué no quisimos comprar refresco (obviamente teníamos nuestras siempre fieles botellitas de agua rellenadas en los más inverosímiles baños de Europa)
Nos dirigimos hacia la red light district que es como la calle más importante donde se arma el desmadre de noche. Enfrente del bull dog (no el putero que está por rosas y xocolate, si no según su propia publicidad “the first coffe shop”) Nos encontramos a Andrés Campos y al Chino Gamboa, y estuvimos platicando con ellos como por 15 minutos, fue agradable ver a otros yucatecos que nos sean los malditos rufianes.
Nos separamos de ellos, y en un acuerdo tácito, los 7, ansiosos por descubrir si eran ciertos los rumores, nos dirigimos a las famosísimas vitrinas. Hijas de puta. Casi le doy gracias al bajísimo presupuesto con el que viajamos pues la verdad es que había unas que bien pueden pasar por supermodelos, sin embargo estábamos en tan extrema precariedad, que ni la calentura mas desenfrenada hubiera logrado hacer que desembolsemos 50 euros por un rato (ratito, para alguno de mis compañeros) de diversión.
Cuando creíamos que ya habíamos acumulado recuerdos para nuestras fantasías en los próximos 14 años, nos dirigimos a un coffe shop y algunos de ustedes saben que llevo 24 años de sobriedad absoluta, algunos, otros se están enterando ahorita, pero bueno, yo siempre he estado en contra de las substancias, ya sea químicas o naturales que alteren, modifiquen, o apendejen, tus razonamientos, tus juicios o tus acciones. Pero bueno, después de pensarlo bien, me di cuenta de que estaba en Ámsterdam, y ¿a qué chingados vas a Ámsterdam si no es a probar alguna de esas pendejadas? A nada. Así que, junto con mi primo, me separé del grupo para comprar un “space brownie” engullimos ávidamente, uno cada uno.
Cuando nos volvimos a juntar con el grupo nos percatamos de que ellos ya estaban fumigados en buen grado.  Yo estaba de mal humor pues mi brownie me había costado 5 euros, y no había sentido nada diferente… y para colmo, no sabía ni la mitad de bueno que los de “doña teté”
Mientras rápido se me quitó el mal humor, pues empecé a notar las risas sin sentido de mis compañeros, así que decidimos pasear por el red light district una vez más, por supuesto, el punto de encuentro era una bar que tenia de logotipo al mismísimo “Popeye”.
En vista del hambre que atacaba a mis compañeros, nos dirigimos a comer primero unos waffles bañados que sabían a paraíso y luego unas hamburguesitas en McDonald´s que sabían exactamente a hamburguesitas de McDonald´s. Aún ignoro porque mis compañeros estaban disfrutándolas tanto.
Frustrado, por no haber sentido el mas mínimo efecto de la marihuana, animé a todos para irnos a dormir, No fue muy difícil convencerlos ya que Johan veía enemigos hasta en los turistas mas bonachones.  Le di la oportunidad a la marihuana y no la supo aprovechar.

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